Burbuja.

No importan las palabras ni las promesas cuando todo muestra lo contrario, cuando en el aire se percibe que nada es como parece, cuando los colores ya no son los mismos, han cambiado y lo que gira en torno nuestro dice completamente lo inverso, es como si todo fuera una gran mentira, vivir es una gran mentira a la que le es imposible incluso transformar las percepciones y si estas muestran la verdad más aún lo que habita en ellas, pero no lo queremos admitir.
La idea es clara y decepcionante, parece como si ni lo más fuerte en este mundo, lo único que siempre ha unido del todo, desde lo sencillo a lo complejo, ahora no es suficiente, eso es lo que parece, pero como siempre no es así, más bien, y aunque duele más, se trata de que esa esencia capaz de encaminar todo hacia lo mejor de sí, sólo está por una parte, pero no envolvió todo, por eso todo se termina, porque no se terminó de unir por completo aunque parecía que sí. Aunque era lo que gritaban las voces, pero nada de eso es verdad, las voces también mienten aunque provengan de lo profundo; pero el ser es más inteligente y lo ha descubierto, ha levantado las vendas y mostrado la realidad, dolorosa pero en fin realidad, y preferible sufrir caminando a pasos reales, que sonreír vacíamente, parado en la burbuja imaginada por otro.

18 agosto, 2010

Por fin...

Los truenos anunciaban una tormenta, no importaba si sería húmeda o no, si no que era inminente.
Ella, levantó la cara deseando que callera por lo menos una gota y así poder confundir la estupidez de su llanto, pero tampoco eso sería posible. Para ella en esa tarde nada sería posible.
El perro seguía ladrando, pero aunque era igual, para ella ya no tenía la misma intensidad. Lo vio fijamente, por fin tenía su atención, y por eso dejó de ladrar, pero ella ya no lo veía a él, y se dio cuenta, por lo que se dio la vuelta cojeando perdiéndose en el fondo de la calle.
Ella seguía parada, sabía que pronto vendría por ella, pero no le importó. Prefería quedarse ahí observando el movimiento de las nubes. Había pasado tantos días observándolas, pero nada era como ese día, todo parecía tan oscuro, pese al rayo de sol que se posaba en el incierto horizonte.
Empezó a caminar, pero ya no importaba.
Afuera había tantos gritos, tanto ruido, parecían todos tan alegres, pero no se daban cuenta de que su enfermedad ya había avanzado demasiado, y todos sus aplausos y risas eran engaños que propiciaba la misma enfermedad.
También ella estaba contagiada, pero ya había encontrado la cura, sin embargo, no la quería tomar, porque a él le dolería, y ¿cómo soltarlo?, ¿cómo retiraba la mirada como si nada pasara?, no podía ignorar su mirara, y le dolía tanto no poder sentir lo mismo, no poder comprenderlo. Lo que más le dolía era la propia insensibilidad, y quería sentir un poco de aquello para no caminar rechinando los metales de un robot, pero eso también era imposible. Entonces no era ni blanco, ni amarillo, ni verde, ni azul, la mezcla de los colores era muy desagradable, casi tanto como la insatisfacción que daba vueltas en su vientre.
De pronto escuchó unos pasos tratando de acoplarse a los de ella, no quiso mirar atrás pues ya sabía quién era y que le diría, así que sólo se detuvo, y antes de que él pudiera decir algo, ella se adelantó:
- Ya lo entendí y por eso lo maté, ahora puedes irte, nadie te va a detener, mira cómo camino, cómo me alejo. Yo no diré nada y ahora esto a nadie le importa, lo encontraran muerto y no se pondrán a investigar, ahora eres libre, y yo... yo también.
Él intento coger su mano, pero antes de que pudiera, ella empezó a caminar rápidamente, la desesperación la hizo correr. Ahí fue cuando el tren se descarriló y separó en treinta mil pedazos todos sus huesos.
Él no podía creer que hubiera estado a punto de coger su mano.
Por fin empezó a llover.

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