
Suena el teléfono. Lo coge. Al oir la voz cuelga rápidamente. No sabe quien es, pero todos los días, a la misma hora, suena el teléfono y habla una voz ronca. La primera vez que llamó se quedó imnotizada, le dijo cosas realmente aterradoras, no tenían sentido las frases, parecía que alguien quería decirla algo, pero no sabía cómo decirselo. Desde entonces, ha estado llamando, diciendo las mismas palabras, con la misma voz. Al principio creyó que alguien quería gastarle una pequeña broma, pero no dejaban pistas. Después de un tiempo, ella decidió fijarse justo en la hora exacta en la que el telefono sonaba, y al no poder ver el número desde su teléfono decidió pedir una copia de las llamadas que había tenido durante esos dos meses. Se extrañó. No había ninguna llamada guardada de esa hora y tampoco de un número desconocido, era realmente ilógico. Al cabo de dos semanas empezó a comportarse de una forma extraña. Cada vez se alejaba más de su novio, de sus amigas, de su propia madre. Estaba encerrada en una habitación de paredes transparentes. Se pasaba noches sin dormir, investigaba cada vez más, y no encontraba respuestas. Se volvió loca. Su novio, quiso meterla en un psiquiátrico, pero ella decidió marcharse para evitarlo. Lo dejó todo atrás. Se busco una vida nueva en Sudáfrica, en la capital. Vivió feliz durante tres años, pero un día, empezaron las llamadas allí. Ya no sabía que hacer asique decidió volver a escapar, esta vez a Kiribati, pero no sirvió de nada. Al cabo de tres años volvieron las llamadas. Estuvo toda la vida cambiando de país, justo al tercer año se marchaba. Huía de esas llamadas, de esa voz que la había estado persiguiendo toda la vida.
Hoy, encamada en un hospital, casi al borde de la muerte, le cuenta la historia detalladamente a Susana, la enfermera que la cuida. Al terminar de contarla la historia susurró una frase que Susana no pudo entender, y comprendió que no debía preguntar al ver lágrimas en el envejecido rostro de la anciana.
"Ojalá nunca hubiera huído por miedo..."
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